martes, 10 de agosto de 2010

10 Microcuentos sobre la soledad, la melancolía y el dolor

Abrió sus ojos para sacarse del cuerpo ese invierno eterno de lágrimas encalladas y antiguas melancolías.

Se sentó en la cama y se puso a llorar al contemplarse en soledad frente al espejo, cruel mensajero de la verdad.

Un par de ojos negros que ocultan tristeza. Un pacto de amor. Un beso de sangre. Un renacer y una sed desesperante.

Un deseo animal. La desesperación que se escapa del cuerpo. La furia que no se contiene. Otro grito en la oscuridad.

La tomó del cuello y le mostró que hay detrás del dolor, al tiempo que le robaba el alma.

Abrió sus ojos para soñar despierto y sacarse del cuerpo ese invierno eterno de lágrimas y melancolía.

Un invierno de sensaciones congeló su alma y se sintió como un árbol de raíces secas y frutos caídos en pleno verano.

Le llegó con el viento el triste adiós de las cosas que ya no vuelven más, y le quedó una pena que sólo el tiempo podrá curar.

Sintió todo el peso del mundo sobre sus espaldas, pero juntó las fuerzas para escribir el punto final de su historia.

Y se fue de este mundo de la manera más triste que se puede ir alguien, sin haber sentido jamás lo que es amar.

martes, 3 de agosto de 2010

Como la Luna al Mar

Como la luna al mar
Era una fría tarde de Abril, en la que la lluvia azotaba las calles y el viento golpeaba las ventanas. La tarde se despedía sin pena y sin gloria, cuando el timbre sonó, y me paralizó el corazón.

El cartero estaba enfundado en un discreto pilotín amarillo. En su mano llevaba un paquete. Firmé la hoja y con mucha curiosidad fui a mi habitación para abrirlo. Me sorprendió leer tu nombre en el remitente. Siempre me habías hecho los regalos en mano ... pero tal vez era una nueva idea tuya para sorprenderme una vez más. Le quité todo el envoltorio rápidamente y me encontré con una caja azul y blanca. Al abrirla recordé ese juego que compartíamos cuando yo era niño. Siete sobres numerados y dos llaves guardadas en un cofrecito de metal. Lo llamábamos “Como la luna al mar”, aunque yo no sabía bien por qué. Las reglas decían que una vez cumplida cada consigna había que abrir el siguiente sobre y al final habría un premio especial.

Con desconcierto busqué el primer mensaje.
“En el llavero dorado está la llave de mi casa. Entra tranquilo, nadie te molestará”

Hacía mucho que no pasaba por allí, creo que desde que no estás ... la casa parecía abandonada. Encendí la luz y dejé los sobres arriba de la mesa.Me senté un momento para pensar, pero nada se me ocurrió, así que leí el segundo mensaje:
“En el armario azul hay un ropa para tí. Puedes cambiarte tranquilo, nadie te verá.”.

Era un traje que tenía un estilo un poco antiguo, pero estaba como nuevo y me quedaba a la perfección. La siguiente consigna me estremeció:

“La llave grande pertenece al cuarto que siempre permanece cerrado. Ten cuidado al entrar”

Muchas veces había soñado con lo que escondía esa habitación ¿Juguetes? ¿Bicicletas? ¿Dulces, tal vez? En ese momento los nervios me atacaron. Abrí con cuidado la puerta y encendí la luz. Me sorprendió ver el viejo sillón ... a mi memoria vinieron los recuerdos de meriendas, dibujos animados, autitos, soldaditos y … los agudos ladridos de Amsterdam en el salón.

Cuando leí el siguiente mensaje, me sentí como el detective que sigue pistas sin razón ...
“Siéntate en el sillón y presiona el botón. ¡Cuidado con el sacudón!”

Un sorprendente dispositivo estaba montado en el apoyabrazos.
Al sentarme recordé todos esos años en los que me cuidaste, cuando perdí a mamá y a la abuela. Siempre sentí tristeza por tu soledad, pero muchas veces me explicaste que tus investigaciones y tus trabajos tenían prioridad.

Lo que viví al seguir las instrucciones no puedo describirlo con palabras. Sentí que mi cuerpo se dividía en un millón de partículas, que mi alma salía del cuerpo y que todo desaparecía a mi alrededor. Una luz muy brillante me cegó y una potente vibración me estremeció. De pronto todo se calmó y sentí que volví a ser uno. Con la mano derecha toqué mi cara, mi boca, mis orejas, todo parecía estar en su lugar. Temblando, abrí el sexto sobre, que llevaba en el bolsillo del traje:

“Sal de la casa. Verás todo diferente. No tengas miedo. Dirígete al parque, alguien te estará esperando. El último sobre debes abrirlo cuando tu corazón lo dicte. No me decepciones”
Al salir de la casa el impacto fue monumental. Las calles de tierra, el carro del lechero, las casas bajas, la gente vestida con trajes y sombreros que hacía décadas no se veían por aquí y mi atuendo, que ahora tenía una explicación.

En ese momento pensé: “¿Estoy loco o es sólo una sensación?”
Caminé a paso rápido hasta la plaza. Comencé a mirar todas las caras. Pero ninguna me decía nada ... hasta que vi a esa mujer parada ahí ...

Una hermosa joven de ojos verdes y cabello pelo rubio, que sostenía un sobre que me era familiar.
Sólo tardé un segundo en encontrarte detrás de su mirada, no fue difícil hallarte sin las arrugas, ni los cabellos blancos ... porque hasta con los ojos cerrados podría reconocerte, en cualquier tiempo y en cualquier lugar.
Te miré y me sonreíste. Bajaste la mirada y tomaste el sobre que llevabas guardado en tu cartera. Con delicadeza lo abriste y tus ojos se llenaron de lágrimas mientras lo leías. Desesperado abrí mi sobre, y no pude contener la emoción al leer el mensaje final:
“Como el sol cuando acaricia las montañas, como la luna al mar. Te amo con locura, no dejemos nunca de jugar.”

lunes, 2 de agosto de 2010

12 microcuentos de fantasía y ciencia ficción

Bebió todas las estrellas de la noche de los tiempos y a sus espaldas sólo quedaron planetas vacíos y un universo despoblado.

Bajó temblando de su nave y se puso a llorar al contemplar, en soledad, el oscuro anochecer de los tiempos.

Quedó apresado en el instante donde el corazón se detiene y los besos se evaporan. El segundo exacto donde el amor muere.

Miró a través de la ventana de su nave y pudo observar toda la belleza del universo desplegando sus colores para él.

A pesar de tener todo el tiempo en sus manos, no le alcanzó lo que dura la eternidad para apagar tanto dolor.

Y se quedó sentado, observando el lento transcurrir de la eternidad, esperando volver a encontrarla en otra vida.

La última estrella se apagó sobre el monte y con ella murió la frágil esperanza de un nuevo amanecer.

Dejó caer su alma en el espacio infinito, como un cometa encendido, con destino directo de colisión con la estrella que amaba.

El fin de la eternidad trajo consigo el invierno de los tiempos y todo volvió a ser uno, cuando la nada fue todo.

Se sentó en la cima de la montaña y observó el triste paisaje de un mundo que había perdido todos los árboles y las flores.

La acarició entre las piernas y bajo las lunas de Urano le dio un beso que tiñó sus mejillas azuladas de un ardiente carmesí.

Y dejó volar su alma, sólo para volverla a ver, en algún lugar del universo, donde el amor brilla más que las estrellas.

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